La tolerancia, una virtud que se trabaja

Cada 16 de noviembre se celebra el Día Internacional para la Tolerancia, instituido por la UNESCO en 1995. Para la masonería no es una fecha más del calendario: la tolerancia está en el origen mismo de la Orden y se ejercita, tenida tras tenida, como quien pule una piedra.

Un centro de unión

Cuando en 1723 se publicaron en Londres las Constituciones de Anderson, Europa salía de más de un siglo de guerras de religión. Hombres de buena fe se habían matado por diferencias de credo, y la sospecha hacia el que pensaba distinto era moneda corriente. En ese contexto, aquel texto fundacional propuso algo que entonces sonaba casi revolucionario: que la logia fuera un lugar de encuentro entre personas que, de otro modo, habrían permanecido siempre a distancia. Un centro de unión, decía, donde cada cual guardara para sí sus opiniones particulares y compartiera con los demás lo que a todos une.

Las mismas Constituciones pedían, además, que en la logia no se trajeran disputas sobre religión, naciones o política de Estado. No por desinterés hacia esas cuestiones, sino por respeto: el templo debía ser un espacio protegido de aquello que divide, para que pudiera crecer lo que hermana.

Tres siglos después, la masonería regular, a la que pertenece la Gran Logia de España, mantiene intacto ese principio. En nuestras logias se sientan juntos hombres de distintas creencias, ideas políticas, profesiones y orígenes. Lo que les reúne no es pensar lo mismo, sino compartir un método de trabajo y unos valores: la libertad, la igualdad, la fraternidad y la búsqueda de la verdad.

Tolerar no es indiferencia

La palabra «tolerancia» arrastra a veces un matiz pobre, como si se tratara de soportar con resignación lo que nos molesta. La propia UNESCO, en su Declaración de Principios de 1995, la definió de otra manera: como el respeto, la aceptación y el aprecio de la rica diversidad de las culturas y de las formas de expresión humanas. Es una actitud activa, no una pasividad cómoda.

Para el masón, tolerar tampoco significa renunciar a las propias convicciones ni dar por bueno cualquier cosa. Significa reconocer que nadie posee la verdad entera, que el otro puede ver lo que yo no veo y que la dignidad de la persona está por encima de cualquier desacuerdo. Significa escuchar antes de responder, y responder sin herir. Y significa, también, poner límites a lo que no puede tolerarse: el desprecio, el fanatismo y la negación de la dignidad ajena.

Una virtud que se trabaja

La masonería no predica la tolerancia: la ejercita. Su método, heredado de los antiguos constructores, invita a cada hombre a trabajar sobre sí mismo, a desbastar sus aristas, a corregir con la escuadra y medir con el compás. La intolerancia es una de esas aristas, quizá la más dura, porque casi nunca la reconocemos como propia.

Por eso el diálogo en logia se rige por normas de cortesía que pueden parecer antiguas, pero que encierran una sabiduría práctica: se pide la palabra, se escucha sin interrumpir, se habla con mesura y se debate sobre ideas, nunca contra personas. Quien aprende a hacerlo dentro del templo descubre que puede hacerlo fuera, en su familia, en su trabajo y en la vida pública.

El suelo ajedrezado que preside nuestros templos recuerda que la vida está hecha de contrastes: luz y sombra, acierto y error, lo propio y lo ajeno. No se trata de borrar las diferencias, sino de aprender a caminar sobre ellas sin perder el equilibrio.

Un compromiso para hoy

Vivimos tiempos de ruido, de trincheras digitales y de discursos que convierten al que discrepa en enemigo. En ese clima, la tolerancia no es un adorno moral: es una condición para la convivencia democrática y para la paz social. Recuperar la capacidad de conversar con quien piensa distinto es, probablemente, una de las tareas más urgentes de nuestra época.

Desde la Respetable Logia Simbólica Moriá nº 143 queremos sumarnos a esta jornada con una invitación sencilla: que cada uno, masón o no, se pregunte cuándo fue la última vez que escuchó de verdad a alguien con quien no estaba de acuerdo. Ahí empieza el trabajo. Y ese trabajo, como el de los antiguos canteros, no termina nunca.

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